jueves, 15 de septiembre de 2011

Para David Mira Herranz, autor de La ruta de las estrellas

No se me ocurre mejor manera que homenajear a David Mira Herranz que rebuscar en mi archivo fotográfico y encontrar viejas fotos de mis andanzas por los Pirineos, esa cordillera que tan bien conoce. La foto de arriba es del año 1976; participando en el Campamento Nacional de Montaña de Saboredo, en el Valle de Arán. Estábamos subiendo al Tuc de Ratera, participando en la Marcha Nacional de Montaña, y mi compañero me hizo esta bonita foto con las montañas de Baqueira Beret al fondo. ¿Pantalones bábaros de pana! ¡Qué tiempos!

Un pequeño grupo de participantes en aquel Campamento Nacional de Montaña. ¡Aún conservo la medalla de conmemoración del Campament que diseñó Salvador Dalí! Eramos un grupo de montañeros canarios y leones que lo pasamos pipa en aquella semana en el Parque Nacional de Aigües Tortes; subiendo picos y bañandonos en las lagunas prodigiosas de esa zona maravillosa.
No he vuelto desde entonces al pirineo catalán, sí varias veces al aragonés. Y no se me ocurrió mejor manera de homenajear a David Mira que tantos picos ha subido y tan hermosos relatos de sus excursiones pone en su blog.

Sería bonito que un día estos dos peregrinos se reunieran para subir un piquito como ese de la foto, y después celebrarlo convenientemente. Lo tuve a tiro cuando hice la foto pero no me decidí por ir solo.

Camino del caracol. Camino de las luciernagas.

  Soñaba que caminaba sobre una inmensa senda espacial; millones de estrellas pavimentaban el camino y por donde mirara galaxias sin fin llenaban los cielos. En un momento dado yo gritaba: ¡Pero no hay más que esto! De repente caía en un insondable abismo donde nada se veía o percibía, ¡incluso ni a mí mismo! Asustado hasta un límite insoportable volvía a gritar: ¡Perdóname! ¡Seguiré tu guía! A continuación me encontraba paseando por calles con casas y suelos de granito, yendo de un lugar a otro y sin entender nada ni a nadie. Alguien me susurraba ¡sigue la senda del caracol! Y escuchaba una antiquísima canción inglesa de Henry Purcell, sobre el poder del Amor, y mis pasos me llevaban hasta una gran catedral. Pero yo me revolvía y gritaba al cielo: ¡No es aquí donde quería venir! ¿Dónde está mi compañera? Y, como en otra visión fantástica, veía a una hermosa mujer –astronauta- caminando por la misma senda de estrellas que yo estaba recorriendo pero dirigiéndose a un inmenso agujero negro. En él se adentraba rápidamente y se disolvía. Nada de ella quedaba al instante siguiente, incluso de mí se borraba el recuerdo de su aspecto y su bello rostro. Allí incluso la luz más lejana se adormecía entre profundas sombras y millones de estrellas se precipitaban en un infierno helado. El corazón se me encogía y me sentaba en el frío suelo. De nuevo una voz me decía imperiosa: ¡Busca la sombra del peregrino! A su lado está la puerta por la que deberás entrar antes del fin de tus días. Yo pensaba: ¿peregrinos? ¿Los que llegaron en el May Flower?, el día de Acción de Gracias, el pavo, cosas de esas. Pero era la sombra de un peregrino medieval recortada contra las paredes de la catedral, y las gentes al pasar gritaban festivas ¡Ultreya, ultreya! Así que en cuanto volví a la tierra, indagué, compré una guía, me puse a andar y aquí estoy. Intentando resolver el enigma.
Extracto del cuento Una sombra en el campo de la estrella, de Camino de las luciérnagas.